Últimamente,en Asturias vivimos mirando al cielo. Primero, preocupados por una contaminación atmosférica que no deja respirar; y, después, esperando a que la lluvia acabe por resolver esos mismos problemas de polución. “Resolver” entre comillas, porque la contaminación, ni se crea ni se destruye: va a contaminar otros lugares.

Ozono, Óxidos de nitrógeno, zinc, plomo, azufre, metales pesados. Todo eso suspendido sobre nuestras cabezas, hasta que, de repente, empieza a llover en la ciudad. Los primeros minutos son los peores, pero la primera hora de precipitaciones contaminadas es más tóxica que muchas aguas fecales… ¿de verdad estamos seguros que la lluvia limpia la contaminación?

Hasta hace poco tiempo, las empresas de gestión de agua creían que los primeros 20 minutos de las grandes tormentas cargaban con la mayor parte de la contaminación. Pero las últimas investigaciones realizadas han confirmado que la toxicidad del agua no disminuye hasta pasada una hora, lo que puede poner en riesgo la vida de especies acuáticas. A saber las toneladas de aguas tóxicas que se vierten en esas otras ciudades europeas.

Es decir, la lluvia no es una solución, es un parche. No limpian la polución, la redistribuyen. Con cada tormenta, las ciudades pueden dar una bocanada de aire fresco a costa de envenenarse las entrañas y contaminar los suelos que circundan las áreas metropolitanas.

Y, por si fuera poco, la lluvia y los vientos reducen los niveles de contaminación y, por ende, reducen la ‘urgencia social’ de tomar medidas que, realmente, aborden el problema. Y eso es lo que se necesita si lo que se busca es resolver uno de los grandes problemas de las ciudades contemporáneas.

¿Qué opinas?

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.