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La moda reciente de celebrar los difuntos con calabazas y fiestas de disfraces viene de EE.UU, pero lo cierto es que el origen de esta celebración entronca con unos cultos que no nos son tan ajenos. La tradición de celebrar Halloween la llevaron a EE.UU. los irlandeses que emigraron en el siglo XIX, ya que la tradición de Halloween es de origen celta.

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Halloween es una fiesta de origen pagano que se celebra la noche del 31 de octubre, víspera del Día de Todos los Santos, y que tiene sus raíces en el antiguo festival celta conocido como Samhain (pronunciado “sow-in”), que significa “fin del verano” y se celebraba al finalizar de la temporada de cosechas en Irlanda para dar comienzo al “año nuevo celta“, coincidiendo con el solsticio de otoño.

Las tradiciones que se encierran en la noche de difuntos asturiana son muchas que, como otras de raíz pagana, se pueden comparar con las de otros países europeos. La noche de difuntos es una celebración estacional, el ‘negativo’ de la noche de San Xuan, con la que se celebraba el solsticio de verano. Si aquella es la fiesta de la exaltación de la luz, en esta es la noche la que se come el día. Es la fiesta de la oscuridad, de los muertos, a los que se consideraba protectores con los que había que congratularse. La religión adaptaría después esas tradiciones paganas con el traslado de la festividad de Todos los Santos, en tiempos del papa Gregorio III, que hasta el siglo VIII se celebraba en primavera.
Se conservaron, aún así, muchas de aquellas tradiciones. El culto a los muertos, a los antepasados, estaba muy enraizado antes del cristianismo, se observaba en los celtas, los germanos, los romanos… Otra cosa es que ahora no nos demos cuenta de lo antiguas que son algunas de esas tradiciones. En Asturias, por ejemplo, se celebraba el banquete de difuntos, muy perseguido en su día por la Iglesia. Era tradición incluso comer en las tumbas, algo parecido a lo que se ve ahora en México, y hasta las décadas de 1930 ó 1940 era frecuente que en la Noche de Difuntos se dejara un caldero con agua o un plato de comida a la entrada de casa o ante una tumba para calmar la sed o el hambre de los muertos. Durante esa noche se creía que los espíritus de los difuntos caminaban entre los vivos, y se realizaban fiestas y ritos sagrados que incluían la comunicación con los muertos. Además, era habitual colocar una vela encendida en las ventanas para que los muertos “encontrasen su camino”.
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También se vaciaban calabazas en el medio rural asturiano, hasta hace muy poco. Y cuando no había calabazas se vaciaban nabos. Es como lo del ‘truco o trato’ de Halloween que nos llega ahora pasado por las multinacionales americanas. En ciertas zonas de Asturias, por ejemplo, los niños salían a pedir una especie de aguinaldo con las caras embadurnadas en cenizas, o sin disfrazarse de ninguna manera, solo para celebrar luego con lo que se recogía el banquete de difuntos. Sin embargo esta costumbre desapareció al ser prohibida fulminantemente por la Iglesia en el siglo XVIII. Luego había muchos mitos, como los de los pescadores de Cudillero, que no salían en la noche de difuntos porque decían que las redes las recogían repletas de los huesos de los que se ahogaron en la mar, o el que esa noche había que tener cuidado de no encontrarse con la ‘güestia‘.

Halloween no nos es tan ajeno. El origen celta de Halloween nos recuerda que nuestras tradiciones son heredadas de culturas ancestrales que organizaban sus celebraciones en torno a la vida cíclica del campo y las estaciones.

Fuentes:
http://www.elcomercio.es/v/20121031/aviles/halloween-devuelve-mitos-pero-20121031.html